Esta historia surgió en 1987, estaba en el salón de la casa de mis abuelos, hacía mucho frío, una fuerte tormenta amenazaba con destrozar las casas de madera antigua, del humilde pueblo en el que nacieron mis abuelos. Mi abuelo, solía estar junto a la chimenea, en una pequeña banqueta antigua heredada de sus padres, ya estaba bastante corroída por los años, pero él le tenía mucho cariño. Allí nos reuníamos todas las noches junto a la chimenea, nos esperando que nos contase una nueva historia. 
Pero recuerdo una que especialmente me impactó, una historia que trataba sobre los orígenes de la casa.
Todo comenzó, cuando mi abuelo se mudó por motivos de trabajo. Quiso comprarse una nueva casa. Y el vendedor de la parcela, en la que se construiría su hogar le aseguró que los habitantes más ancianos del pueblo, rumoreaban sobre una antigua maldición, que fue causada por enterrar a los soldados de la famosa “Guerra de Vitenebros,” absolutamente vivos, sin ninguna piedad. También se rumoreaba que por enterrarlos en esa tierra y por la humedad de ésta, nunca morirían. Insistió el vendedor en que tan sólo eran rumores.
Los habitantes pensaban que esa era la maldición que caería sobre el pueblo Aescan.
Desde entonces, y eso si que lo pude comprobar yo mismo, la luna llena siempre iluminaba las frías noches de invierno. Además todos los habitantes del pueblo de Aescan podían escuchar a media noche gritos, el cerrar de las puertas y ventanas, conversaciones...
Mi padre, enviudó cuando era muy joven y me tuvo que criar sólo, era un señor muy respetado y querido, se dedicaba a vender mantas y marroquinería. Un día tuvo que hacer un gran viaje para comprar sus productos. Por tanto me tuve que quedar a dormir en la casa de mis abuelos. Esa noche fue terrorífica y no pude pegar ojo, tan sólo pude pensar en la maldición del pueblo y desde ese día, decidí que tenía que investigar, primero de dónde procedían esos gritos que tanto temía.
Al día siguiente a primera hora pegué en el portón de la puerta de la mansión en la que vivía mi primo. Aún recuerdo lo que le dije:
- ¡Es cierta la historia que nos contó el abuelo!-Le dije con voz temblorosa.
- ¿Cómo lo sabes? Me preguntó asustado.
- Es que… ¡Esta noche la he pasado allí!
Él no se lo creyó, así que le dije que lo comprobase por sí mismo. Tenía que quedarse esa misma noche a dormir allí, y así sucedió.
Al día siguiente una vez que ya lo comprobó le expliqué que tenía pensado investigar sobre lo ocurrido, le invité a que acompañase, aceptó y ese mismo día, preguntamos por el pueblo para obtener alguna información.
Al no conseguir nada, debíamos buscar el foco de procedencia de los gritos. De esta manera empezaría una nueva fase, “La de romper la maldición.”
¿Pero cómo?
Al día siguiente nos quedamos a dormir de nuevo en la casa de mi abuelo, sin intención de buscar nada. Como cada noche, antes de dormir, corrimos hacia la chimenea para que nuestro abuelo nos contase un poco más sobre la “Maldición Vitenebros.” necesitábamos una solución a nuestro problema. Su solución era trasladar a los cuerpos a un terreno sagrado, es decir debajo de una iglesia, también sacó de su bolsillo un antiguo amuleto de oro, con bordes de plata, era reluciente y nos aseguró que brillaría incluso en la oscuridad. Teníamos dos opciones utilizar el amuleto o enterrarlos debajo de un lugar sagrado.
Esperamos a la media noche y cuando empezaron las conversaciones y gritos, salimos a las calles de Aescan para encontrar su procedencia, ello nos llevó al antiguo cementerio militar del pueblo, el “Cementerio Moribundos.”
Llevábamos poco tiempo de búsqueda, pero ya habíamos avanzado mucho. Sorprendentemente caímos sobre la entrada de un antiguo búnker, el búnker estaba repleto de soldados zombis; tenían la piel totalmente podrida y tenía un color amarillo verdoso, conservaban en condiciones muy desfavorables su antiguo uniforme de soldado; entre gritos se podía escuchar:
-¡MUERTE A LOS VIVIENTES! ¡MUERTE A LOS VIVIENTES!...
Se tiraron hacia nosotros, en ese momento lo único que pensé fue sacar el amuleto que nos dio el abuelo, cuando lo saqué el amuleto se iluminó todo el búnker e hizo desaparecer a todos los zombis convirtiéndolos en polvo, el amuleto por medio de un poder misterioso subió al cielo y destrozando la fortaleza de los soldados-zombis, rompiendo así la maldición y volviendo todo a la normalidad. Recuerdo que después nos hicieron un monumento en nuestro honor es más, si alguna vez pasas por casualidad, por el humilde pueblo de Aescan, en el centro de la ciudad encontrarás nuestro monumento.
¡Así fue como cómo mi primo y yo conseguimos desatar al pueblo de aquella horrible maldición, que los tenía prisioneros durante tanto tiempo!

Pero recuerdo una que especialmente me impactó, una historia que trataba sobre los orígenes de la casa.
Todo comenzó, cuando mi abuelo se mudó por motivos de trabajo. Quiso comprarse una nueva casa. Y el vendedor de la parcela, en la que se construiría su hogar le aseguró que los habitantes más ancianos del pueblo, rumoreaban sobre una antigua maldición, que fue causada por enterrar a los soldados de la famosa “Guerra de Vitenebros,” absolutamente vivos, sin ninguna piedad. También se rumoreaba que por enterrarlos en esa tierra y por la humedad de ésta, nunca morirían. Insistió el vendedor en que tan sólo eran rumores.
Los habitantes pensaban que esa era la maldición que caería sobre el pueblo Aescan.
Desde entonces, y eso si que lo pude comprobar yo mismo, la luna llena siempre iluminaba las frías noches de invierno. Además todos los habitantes del pueblo de Aescan podían escuchar a media noche gritos, el cerrar de las puertas y ventanas, conversaciones...
Mi padre, enviudó cuando era muy joven y me tuvo que criar sólo, era un señor muy respetado y querido, se dedicaba a vender mantas y marroquinería. Un día tuvo que hacer un gran viaje para comprar sus productos. Por tanto me tuve que quedar a dormir en la casa de mis abuelos. Esa noche fue terrorífica y no pude pegar ojo, tan sólo pude pensar en la maldición del pueblo y desde ese día, decidí que tenía que investigar, primero de dónde procedían esos gritos que tanto temía.
Al día siguiente a primera hora pegué en el portón de la puerta de la mansión en la que vivía mi primo. Aún recuerdo lo que le dije:
- ¡Es cierta la historia que nos contó el abuelo!-Le dije con voz temblorosa.
- ¿Cómo lo sabes? Me preguntó asustado.
- Es que… ¡Esta noche la he pasado allí!
Él no se lo creyó, así que le dije que lo comprobase por sí mismo. Tenía que quedarse esa misma noche a dormir allí, y así sucedió.
Al día siguiente una vez que ya lo comprobó le expliqué que tenía pensado investigar sobre lo ocurrido, le invité a que acompañase, aceptó y ese mismo día, preguntamos por el pueblo para obtener alguna información.
Al no conseguir nada, debíamos buscar el foco de procedencia de los gritos. De esta manera empezaría una nueva fase, “La de romper la maldición.”
¿Pero cómo?
Al día siguiente nos quedamos a dormir de nuevo en la casa de mi abuelo, sin intención de buscar nada. Como cada noche, antes de dormir, corrimos hacia la chimenea para que nuestro abuelo nos contase un poco más sobre la “Maldición Vitenebros.” necesitábamos una solución a nuestro problema. Su solución era trasladar a los cuerpos a un terreno sagrado, es decir debajo de una iglesia, también sacó de su bolsillo un antiguo amuleto de oro, con bordes de plata, era reluciente y nos aseguró que brillaría incluso en la oscuridad. Teníamos dos opciones utilizar el amuleto o enterrarlos debajo de un lugar sagrado.
Esperamos a la media noche y cuando empezaron las conversaciones y gritos, salimos a las calles de Aescan para encontrar su procedencia, ello nos llevó al antiguo cementerio militar del pueblo, el “Cementerio Moribundos.”
Llevábamos poco tiempo de búsqueda, pero ya habíamos avanzado mucho. Sorprendentemente caímos sobre la entrada de un antiguo búnker, el búnker estaba repleto de soldados zombis; tenían la piel totalmente podrida y tenía un color amarillo verdoso, conservaban en condiciones muy desfavorables su antiguo uniforme de soldado; entre gritos se podía escuchar:
-¡MUERTE A LOS VIVIENTES! ¡MUERTE A LOS VIVIENTES!...
Se tiraron hacia nosotros, en ese momento lo único que pensé fue sacar el amuleto que nos dio el abuelo, cuando lo saqué el amuleto se iluminó todo el búnker e hizo desaparecer a todos los zombis convirtiéndolos en polvo, el amuleto por medio de un poder misterioso subió al cielo y destrozando la fortaleza de los soldados-zombis, rompiendo así la maldición y volviendo todo a la normalidad. Recuerdo que después nos hicieron un monumento en nuestro honor es más, si alguna vez pasas por casualidad, por el humilde pueblo de Aescan, en el centro de la ciudad encontrarás nuestro monumento.
¡Así fue como cómo mi primo y yo conseguimos desatar al pueblo de aquella horrible maldición, que los tenía prisioneros durante tanto tiempo!